Por Aleks Tron
Blog Elefante Books


Observo con profunda inquietud cómo el conflicto abierto entre Irán e Israel ya no es solo una pugna regional, sino la manifestación concreta del choque de dos grandes visiones del mundo: la decadente hegemonía unipolar occidental, liderada por EE.UU. y su aliado clave en Oriente Medio, Israel, frente al emergente orden multipolar impulsado por Rusia, China e Irán.

Este escenario me lleva a concluir que, más allá de la narrativa habitual de tensiones puntuales o conflictos históricos, existe una escalada real hacia un escenario en el que el uso de armas nucleares no es ya mera especulación, sino un riesgo tangible.

El desequilibrio estratégico: La tentación del arma nuclear

Israel, que posee una capacidad nuclear ampliamente reconocida aunque nunca oficialmente admitida, podría activar lo que conocemos como la «Doctrina Samson»: el uso preventivo o retaliatorio del arma nuclear frente a una amenaza existencial. Esta amenaza podría verse concretada ahora más que nunca, especialmente si el enfrentamiento militar convencional con Irán continúa deteriorándose en intensidad y gravedad.

La lógica israelí, desde mi perspectiva, apunta claramente a eliminar toda posibilidad de un Irán nuclear, aprovechando el conflicto abierto como excusa para ejecutar un golpe estratégico contundente, disuasivo, pero potencialmente nuclear, buscando doblegar no solo a Teherán, sino mandar un mensaje inequívoco a Moscú, Pekín y cualquier otro rival global.

Estados Unidos: Agitación y peligroso oportunismo

Por otro lado, la posibilidad de que Estados Unidos decida intervenir directamente para apoyar a Israel, más allá de su asistencia habitual en inteligencia y logística, es una amenaza real y palpable. Conozco suficientemente la dinámica interna estadounidense para advertir que un presidente presionado políticamente o ideológicamente motivado podría considerar viable el uso de armamento nuclear táctico, «limitado», buscando enviar una señal contundente al mundo entero sobre la vigencia de su poder militar.

Lo que me preocupa particularmente es que esta escalada no esté basada en cálculos racionales, sino que pueda surgir de decisiones apresuradas y mal informadas, respuestas emocionales frente a situaciones críticas o errores estratégicos por desinformación o ataques cibernéticos mal atribuidos.

Rusia y China: Contención estratégica, respuesta inevitable

Mi lectura del papel de Rusia y China es clara: ambos países desean fervientemente evitar una guerra nuclear. Pero tampoco pueden permitirse ser espectadores pasivos frente a una escalada nuclear en Oriente Medio que afecte sus intereses estratégicos vitales. Moscú y Pekín se verían obligados a intervenir, quizás no inicialmente de forma directa con armas nucleares, pero sí a través de movimientos estratégicos significativos que podrían llevarnos rápidamente hacia una espiral de escalada imparable.

Ambos países, estoy seguro, se reservan respuestas duras frente a cualquier acción nuclear de EE.UU. o Israel. Rusia, en particular, cuenta con líneas rojas muy claramente definidas, y cualquier agresión nuclear en zonas cercanas a sus intereses vitales desencadenaría respuestas que podrían llevarnos a una confrontación militar abierta, con consecuencias impredecibles.

El factor psicológico: Pánico, error y desesperación

Algo que no podemos pasar por alto es que la guerra moderna está influida fuertemente por decisiones tomadas bajo presión extrema. Líderes que enfrentan amenazas existenciales, presión mediática, o incluso un colapso interno, pueden cometer errores estratégicos graves.

No descarto en absoluto que, en medio de una crisis como esta, decisiones irracionales o malinterpretadas lleven a la activación accidental o precipitada del armamento nuclear, algo que hemos visto casi suceder más veces de lo que nos gustaría reconocer.

¿Podemos evitar este desastre?

Aún creo firmemente que la diplomacia y el diálogo estratégico son posibles, pero cada día que pasa las oportunidades se reducen considerablemente. Una negociación real requeriría aceptar nuevas realidades estratégicas y entender que el viejo orden hegemónico occidental es ya insostenible.

Mi esperanza radica en que prevalezca la sensatez, especialmente en los actores que aún tienen poder para contener la crisis antes de que el botón nuclear se presione. Pero también debo admitir, honestamente, que el margen para evitar esta catástrofe es cada vez más estrecho.

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