Los recientes allanamientos del FBI contra el exinspector de armamento de la ONU, Scott Ritter, y el analista político ruso-estadounidense, Dimitri Simes, podrían ser solo el comienzo de una operación más amplia. Según un artículo publicado ayer por The New York Times, «el Departamento de Justicia ha iniciado una amplia investigación penal sobre los estadounidenses que han trabajado con las cadenas de televisión estatales rusas, lo que indica un esfuerzo agresivo para combatir las operaciones de influencia del Kremlin de cara a las elecciones presidenciales de noviembre».
El contexto de estos allanamientos y la investigación que los rodea evoca inquietantes paralelismos con el período del McCartismo en Estados Unidos, una era marcada por la caza de brujas anticomunista que se desarrolló después de la Segunda Guerra Mundial. Durante ese tiempo, bajo el liderazgo del senador Joseph McCarthy, se desató una ola de persecuciones contra supuestos simpatizantes comunistas, acusados de infiltrarse en instituciones clave de la sociedad estadounidense, desde el gobierno hasta Hollywood. Aquellos que caían bajo sospecha enfrentaban investigaciones, juicios y un estigma social que arruinaba carreras y vidas.
De manera similar, la reciente ofensiva del Departamento de Justicia parece estar dirigida a quienes son percibidos como instrumentos de propaganda rusa, lo que revive la narrativa de una amenaza interna que socava la seguridad nacional. La evaluación de inteligencia del 29 de julio de la Oficina del Director de Inteligencia Nacional (ODNI, por sus siglas en inglés) sostiene que los medios informativos financiados por el Estado ruso y la inteligencia rusa están trabajando juntos para influir en las elecciones en todo el mundo, incluidas las elecciones estadounidenses de 2024. Según el informe, Rusia ya ha hecho su elección: Donald Trump.
La investigación actual se centra en “estadounidenses conscientes y no conscientes” que el Kremlin supuestamente utiliza para “crear y difundir narrativas favorables al gobierno del Presidente Vladimir V. Putin”, según señala el comunicado de la ODNI. «Estas personalidades», continúa el informe, «publican contenido en las redes sociales, escriben para varios sitios web con vínculos abiertos y encubiertos con el gobierno ruso, y llevan a cabo otros esfuerzos mediáticos». Sin embargo, el enfoque de la investigación parece estar dirigido únicamente a quienes “difunden desinformación intencionadamente”.
Este tipo de investigación no solo recuerda las tácticas del McCartismo, sino que también plantea cuestiones sobre el equilibrio entre la seguridad nacional y las libertades civiles. Durante la era McCarthy, muchos estadounidenses fueron perseguidos bajo la sospecha de subversión comunista, a menudo con pruebas débiles o inexistentes, y se promovió una cultura de miedo que desalentaba la disidencia y la libre expresión. De manera similar, la investigación actual podría chocar con la protección de los derechos a la libertad de expresión garantizados por la Primera Enmienda, como advierte el artículo del New York Times.
Scott Ritter, en un artículo publicado en su página de Substack, manifiesta su total desacuerdo con la legitimidad de esta investigación, afirmando que «esta investigación pisotea las protecciones a la libertad de expresión de la Primera Enmienda». Esta declaración resuena con las críticas históricas al McCartismo, que fue ampliamente condenado por violar los derechos civiles en nombre de la seguridad nacional.
La historia se repite, pero con nuevos protagonistas y bajo diferentes pretextos. Hoy, en lugar de perseguir a los «comunistas», se persigue a aquellos que son etiquetados como «agentes del Kremlin». Aunque las amenazas percibidas han cambiado, la dinámica subyacente de paranoia y represión sigue siendo inquietantemente familiar. En el pasado, el miedo al comunismo llevó a Estados Unidos a traicionar sus propios ideales de libertad y justicia; hoy, el temor a la influencia rusa podría estar llevando al país por un camino similar, donde la libertad de expresión se ve sacrificada en el altar de la seguridad nacional.
En resumen, la situación actual podría verse como una reencarnación moderna del McCartismo, un período oscuro de la historia estadounidense que todavía resuena como una advertencia sobre los peligros de permitir que el miedo erosione las libertades fundamentales. Mientras se desarrollan estos acontecimientos, es crucial recordar las lecciones del pasado para evitar repetir los mismos errores bajo nuevos disfraces.

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