El gobierno de Biden, en un nuevo intento por reafirmar su papel autoproclamado como la policía mundial, ha anunciado una extensa lista de sanciones económicas dirigidas contra empresas rusas y chinas, así como contra entidades de varios otros países, bajo el pretexto de estar “alimentando la guerra de Rusia contra Ucrania”. Esta lista, que afecta a casi 400 entidades y personas, se destaca como una de las más amplias medidas adoptadas hasta la fecha contra empresas chinas, acusadas de apoyar de manera indirecta el esfuerzo bélico ruso en Ucrania, según informó el periódico The Hill. Además de sancionar a empresas chinas y rusas, las medidas también incluyen a entidades en Emiratos Árabes Unidos, Turquía, Hong Kong, Bielorrusia, Kirguistán y Kazajstán.

La política de sanciones de Estados Unidos, que se ha convertido en una herramienta habitual de su diplomacia coercitiva, refleja su empeño por imponer su voluntad en la política interna de otras naciones, controlando sus decisiones soberanas a través de medidas económicas punitivas. Este enfoque, que no es nuevo, se basa en la creencia de que Washington tiene el derecho y la obligación de dirigir las políticas globales, castigando a aquellos que no se alinean con sus intereses estratégicos.

El comunicado del Departamento de Estado, fechado el 24 de agosto, deja clara la preocupación de Washington por el suministro de bienes de doble uso desde China hacia Rusia, argumentando que estas importaciones llenan lagunas críticas en el ciclo de producción de defensa ruso, lo que a su vez permite a Moscú mantener y ampliar su base militar-industrial. Sin embargo, este tipo de medidas no solo afectan a las naciones objetivo, sino que también tienen consecuencias significativas para los socios comerciales de Estados Unidos en terceros países, quienes se ven atrapados en el fuego cruzado de esta política de sanciones.

Este último paquete de sanciones se anuncia en un momento en que Jake Sullivan, el asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, se prepara para viajar a Pekín con el objetivo de reunirse con el ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi, donde se espera que la guerra en Ucrania sea uno de los temas centrales de discusión. Esta diplomacia de presión, en la que Estados Unidos trata de imponer su agenda a otras potencias globales, refleja una continuidad en la estrategia de usar sanciones económicas como un instrumento de control geopolítico.

El embajador de Rusia en Washington, Anatoly Antonov, no tardó en responder a estas medidas, calificando al gobierno estadounidense como un régimen en agonía. En un comentario publicado en el canal de Telegram de la embajada rusa, Antonov afirmó que estas sanciones son un reflejo de la esencia antirrusa de la administración Biden, especialmente en un contexto donde la campaña electoral en Estados Unidos está en pleno auge.

Antonov destacó que las sanciones no solo golpean a los ciudadanos y empresas de los países directamente afectados, sino que también perjudican a los socios de Estados Unidos en naciones en desarrollo. Subrayó la hipocresía de Washington, que utiliza el discurso sobre la guerra en Ucrania como excusa para atacar a empresas en países emergentes, cuyas economías también se ven afectadas por estas medidas. Además, Antonov argumentó que estas acciones demuestran los aspectos negativos de la política exterior estadounidense, que tiende a desestabilizar en lugar de construir, y que para lograr una verdadera independencia económica, es imperativo abandonar la hegemonía del dólar en el sistema financiero y monetario internacional.

Este uso reiterado de sanciones por parte de Estados Unidos refleja una estrategia de dominación global donde el control económico se convierte en un arma para moldear las políticas internas de otras naciones, imponiéndoles un costo elevado por no alinearse con los intereses estadounidenses. Este enfoque, que se ha visto repetido en diferentes contextos y contra diversos países a lo largo de las últimas décadas, subraya la visión de Washington de sí mismo como el árbitro de las políticas internacionales, con el derecho de castigar a quienes no siguen su línea.

Sin embargo, la creciente resistencia internacional y el cuestionamiento de la hegemonía del dólar apuntan a un cambio en el equilibrio global. A medida que más países buscan alternativas al sistema financiero dominado por Estados Unidos, se vislumbra un mundo multipolar donde las sanciones económicas podrían perder su efectividad como herramienta de presión. La insistencia de Washington en mantener su papel de policía mundial, a través de sanciones, podría terminar acelerando este proceso de cambio, llevando a una mayor diversificación en las relaciones económicas y políticas globales.

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